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“La temperatura está aumentando y donde más se nota el fenómeno es en las zonas polares”, cuenta el antropólogo Francesc Bailón, recién regresado de Groenlandia.

El frío ha modelado durante siglos el paisaje ártico y le ha proporcionado esa belleza desprovista de adornos que a tantos cautiva. Las bajas temperaturas mantienen la superficie terrestre congelada, lo que impide que cualquier vegetal prenda y eche raíces. Es lo que se conoce como permafrost, una capa de hielo que compacta la tierra hasta darle una consistencia de mineral. En el pasado, esa lámina únicamente se resquebrajaba en raras ocasiones, pero con el cambio climático empieza a ser habitual que los territorios situados más al sur queden libres de hielo durante la época más cálida del año.

El antropólogo Francesc Bailón lleva tiempo confirmando sobre el terreno las conclusiones que los meteorólogos expusieron en la Cumbre sobre el Clima que se celebró la semana pasada en Nueva York. “La temperatura está aumentando y donde más se nota el fenómeno es en las zonas polares“, cuenta Bailón, recién regresado de Groenlandia. El antropólogo catalán, de 46 años, es el mayor especialista español en la cultura de los inuits. Desde que en 1997 realizó su primera visita al Ártico para conocer su forma de vida, suma ya 18 expediciones, la mayor parte de ellas a Groenlandia, donde se asienta una tercera parte de los 160.000 inuits que se calcula que hay en el mundo.

A Bailón le basta una evidencia para demostrar que lo del calentamiento va en serio: desde hace unos pocos años los inuits cultivan fresas en su territorio. “Y no solo las cosechan, sino que luego las comercializan y las venden con un sello que acredita que son un producto de Groenlandia“. El antropólogo explica que empieza a ser común encontrar un huerto junto a las casas de los enclaves más meridionales, algo del todo impensable cuando visitó por primera vez la isla. “Cultivan todo tipo de hortalizas, desde tomates hasta patatas, e incluso se han puesto en marcha granjas escuela para que la población aprenda los rudimentos de la agricultura“.

A los inuits, cuenta Bailón, no les gusta que les llamen esquimales. “Para ellos es un término peyorativo porque se lo puso una tribu del norte de América con la que estaban enfrentados. Ellos mismos decidieron llamarse inuit, que en su lengua significa ser humano, cuando en 1977 se creó la Inuit Circumpolar Council, que es una organización internacional que les representa a todos”. Aunque de origen étnico semejante, viven repartidos entre Canadá, Alaska, Siberia y Groenlandia. En esa última isla, que es la más grande del mundo, representan el 89% de la población. “Groenlandia pertenece a Dinamarca, pero desde 2009 goza de una autonomía cada vez más amplia y hay incluso una fecha simbólica para su independencia, el 21 de junio de 2021, que es cuando se cumple el 300 aniversario de la llegada de los daneses a la isla”, explica el estudioso español.

La desaparición de permafrost, la capa que antes mantenía permanentemente congelada la superficie terrestre, hace posible cultivar la tierra en las poblaciones más meridionales del Ártico.

Cambios culturales

Las peculiares costumbres inuits, que hicieron las delicias de los antropólogos occidentales durante décadas, han quedado arrinconadas con su incorporación a la civilización tecnológica. “Lo único que les diferencia de cualquier occidental es que al salir de casa van a cazar y a pescar en vez de ir a la oficina”. Caza y pesca, en efecto, siguen siendo la base de la economía doméstica de los inuits, que con los años se ha diversificado.

Si las cosas siguen así los inuits van a tener la oportunidad de explorar actividades hasta ahora inéditas para ellos como la agricultura o la ganadería. Cazar, cuenta Bailón, es cada vez más difícil porque el calor ahuyenta a los animales al norte y vuelve quebradiza la banquisa. También se están perdiendo muchas embarcaciones pesqueras a consecuencia de los tsunamis que se forman por el desprendimiento de grandes bloques de hielo de los glaciares.

No es que de la noche a la mañana los inuits vayan a reconvertirse en agricultores o pastores, pero está claro que la desaparición del hielo les abre una alternativa que hace unos años se antojaba irreal. “Si me llegan a decir la primera vez que fui al Ártico, a una temperatura de 65 grados bajo cero, que un día iba a ver una caja de fresas cultivadas en Groenlandia, no me lo hubiese creído“, confiesa el antropólogo Bailón.

Fuente: diariosur.es

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